Carta de Enrico Caruso

Carta de ENRICO CARUSO

 

 

En mi libro El camino de una voz / El hilo de Ariadna, narraba, con toda sinceridad, la lucha sin cuartel que tuve mantener para conseguir introducir en mi mente, en mi comprensión, en mi cuerpo y sus reflejos condicionados, las irracionales e insuficientes técnicas que se me ofrecían que pudieran permitir desarrollar mi cuerpo como instrumento vocal para poder cantar sin esfuerzo, las canciones, arias, y melodías que encendían mi ánimo.

 

Fue una búsqueda incesante, una audición constante de grandes cantantes, en los que intentaba descubrir el secreto de su voz. Lectura insaciable de los innumerables tratados sobre la voz, de los que muchos eran descartados, al darme cuenta de que ni ellos mismos (los autores) comprendían lo que explicaban. Era un laberinto de conceptos, sin un hilo que me ayudara a adentrarme en él.  Solamente mi fe en alcanzar la meta me proporcionó la fuerza para superar estas luchas.

 

Como documento vivo y, salvando las distancias de estas luchas internas del cantante con su destino vocal, presentamos esta carta de Enrico Caruso[1] que escribió a su madre adoptiva, pocos meses antes de morir. En ella se pone de manifiesto el carácter indomable y la sensibilidad de este gran artista, que aparte de cantar y ser un bromista de gran talla, estaba dotado de una aptitud notable para la caricatura.

1 Pietro GARGANO, Gianni CESARINI, Caruso. Vita e arte di un grande cantante, (pag. 264 Longanesi & Co., Milano 1990.)

Mi querida doña Emilia

 

Desde hace ocho días, estamos viviendo aquí sólo con miedos y temores.

 

Sí, seguramente cuando tenga Vd. esta carta en sus manos, ya habrá podido Vd. leerlo en los periódicos, los cuales difunden las noticias rápidamente (también estas que uno no quisiera que se propagaran), sobre todo las desgracias, llamémoslas así por una vez.

 

Tiene que saber todo lo que me ha sucedido en estos pasados ocho días, que yo gracias a mi carácter y fuerza anímica he superado. Esto ha desilusionado, probablemente, a todos aquellos que esperaban mi fin.

 

Le quiero ahora contar, exactamente, como ha sucedido todo y continuar donde yo había acabado en mi última carta, porque allí empezaron mis molestias.

 

Me interrumpí de escribirla cuando me fui a comer,  ya que por la noche tenía que cantar el Sansón y Dalila; hace exactamente once días. Tiene Vd. que saber, que siempre me pasan cosas cuando tengo que cantar esta ópera y especialmente en el momento en que me dejan ciego. A pesar de que me esfuerzo por terminar felizmente la ópera, siempre me acontece una desgracia cuando echo las columnas por el suelo. En el momento que las empujo para hacerlas caer, aunque se trate de decoraciones ligeras, cada vez me da una punzada muy fuerte en el costado izquierdo. Me da la sensación que mis nervios quedan pinzados entre las costillas, lo que me proporciona un dolor insoportable. Cuando termina la función y antes de salir a saludar al público para agradecer sus aplausos, me tengo que echar por tierra como una serpiente para conseguir que los nervios se des contracten y que este dolor cese.

 

En mi última representación de Sansón no se repitió este incidente y le aseguro que esto me produjo una gran alegría.

 

Días después el 4 de diciembre, al levantarme por la mañana experimenté de nuevo un ligero dolor a la izquierda de mi tórax. Como siempre, no le di mucha importancia, pero el día 5 el dolor se manifestó más intenso. El día 6 tuve bastantes dificultades para respirar. Cada vez que cogía aire para hablar, sentía una punzada como de un cuchillo en mi costado. Comencé a tomar algunos medicamentos, pero en vez de aliviarme, aumentaban mis dolores. El día 7 llamé al doctor, pero me dijo que no era nada importante, y prescribió unas friegas con una pomada, que era tan fuerte que ni siquiera un caballo lo hubiera soportado.

 

El día 8 estaba anunciada mi actuación en Pagliacci, al levantarme noté que la menor respiración, el menor movimiento, solamente pronunciar una palabra, me producía un tormento insoportable en mi costado. Estuve meditando soluciones, porque no hay nadie que me pueda aconsejar mejor que yo en estos casos, y decidí no decir ni una palabra a nadie de lo que me sucedía y probar a cantar por la noche; si no, sólo se hubiesen producido discusiones, ya que un artista de categoría no tiene el derecho de dejar de cantar por enfermedad. Se debe al público y al empresario. Como me habían enseñado los viejos maestros de la escena, un cantante famoso tiene que cantar aunque se esté muriendo. Si no, ¡dejará de cantar! Así es que me decidí a actuar delante del público. Me dejé otra vez untar con esta pomada de caballo, a pesar de que en este caso, yo, no tenía nada de caballeresco. Sólo puedo decir que la pomada quema horrorosamente y que el que la unta debe ser un mozo de cuadras. A las seis de la tarde, después de haberme hecho la toilette, que un cantante necesita siempre, probé mi voz en casa y me sorprendí de encontrarla en perfectas condiciones. Entonces me fui al teatro, tome un estimulante y empecé a vestirme. A la hora prevista empezó la función; salí entonces con mi carrito y al cantar sentí dolores muy intensos  en mi costado cada vez que mi voz emitía del sol para arriba.

 

Durante toda la primera escena aguanté sin muchos problemas; durante el arioso que empecé con toda plenitud vocal, comenzaron a aparecer de nuevo los dolores. Cuanto más y más aguantaba el aire, más dolores. Cuando llegué a la última frase y habiendo llenado mi fuelle completamente, al apoyar mi voz me dio una punzada tan fuerte que me dio la impresión de estar siendo atravesado por un hierro candente. Una zarpa ardiente que subía por todo mi aparato respiratorio hasta mi gola, lo que me producía un dolor terrible e insoportable, hasta que se apoderó de mí completamente.

 

Otro en mi lugar se habría asustado y se habría parado, pero gracias a mi experiencia, completé mi frase entre sollozos por el dolor, pero el público no se enteró. Para mí desde luego fue horrible. Apenas descendió el telón caí sobre los brazos de mi secretario, sin ánimo, sollozando y desesperado por los dolores. El público aplaudía enfervorecido y me aclamaban. Yo no quería salir al proscenio, pero el barítono me saco en volandas afuera, y cuando yo como un toro herido atravesé la escena de un lado al otro, me tuvieron que llevar al camerino casi en brazos. El dolor era horripilante, y durante veinte minutos no podía respirar casi, pero por medio de cataplasmas calientes y frías y estimulantes me recuperé rápidamente.

 

 

Imagínese el susto de mi mujer, que estaba en la sala y acudió corriendo al camerino, y el nerviosismo de todos los que habían visto la escena. Fue avisado el publico que una caída al final del primer acto había producido unos dolores al tenor y que la función continuaría con

un poco de retraso.

 

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Autocaricatura de Caruso en Elisir d’amore

 

Mi mujer quería que interrumpiera la función, pero yo como soy muy tozudo, dije: – no – Como Pío IX[2]. El segundo acto transcurrió sin problemas, pero tuve siempre mi mano apoyada en mi costado izquierdo.

[2] Pio IX – Giovanni Maria Mastai Ferretti – 1792-1878 – Enciclopedia CAMPUS temática. Seguramente un juego de palabras: “Pío, … no-no…”

Al final de la representación el público me aplaudió fervorosamente como si no quisieran dejarme marchar. Con dolores infernales regresé a casa donde encontré ya a mis amigos de siempre que se habían marchado antes. Mientras estábamos sentados cenando y tomábamos un caldo, uno de los comensales contó un chiste muy gracioso que casi me hizo explotar de risa. Al reírme, de  repente experimenté un dolor súbito, muy intenso y súbitamente sentí como si dentro de mí algo se hubiera soltado. A continuación los dolores desaparecieron.

 

Pensé que esto me acontecía por causa del movimiento desafortunado que había hecho cantando el Sansón, al echar por el suelo las columnas del templo. En el momento de empujarlas no sentí nada, pero sí al día siguiente. Por la mañana, después del Pagliacci, todos los periódicos contaban la historia de mi caída, y cayó una lluvia de cartas, telegramas, teléfonos y visitas. Todos querían saber lo que había sucedido. Tuvieron que pasar dos o tres dias para que amigos y enemigos se tranquilizaran. Durante los siguientes días, 9 10 y 11, se tuvo que trabajar solamente para contestar a todos los que preguntaban y asegurar que todos mis malestares ya habían pasado.

 

Vino el sábado tarde, el 11.  Por la noche.

 

Tenía que cantar en una ciudad cerca de Nueva York el Elisir d’Amore,[3] Brooklyn que está separada por un río de nuestra ciudad. El dolor se había calmado, y, como de costumbre, fui a las seis al teatro. Hay que reconocer que por la tarde estaba de mal humor, por causa de un ligero dolor de cabeza que yo atribuía al tiempo. Esta es una de las cosas que no se pueden predecir en esta ciudad. Comencé a maquillarme, y a las siete y media mientras me lavaba las manos, tuve de repente un sabor en la boca como si hubiera comido un dulce relleno de sangre. Mire de escupirlo, perdone, y vi que era sangre. Sangre…, dije a mi mujer, que me miraba con su dulce sonrisa como siempre que yo me encontraba en una situación difícil. Dijo que no era nada grave, pero mientras, dio órdenes para que trajeran hielo.

[3] En esta época Brooklyn  era todavía una ciudad separada de Nueva York por el río Hudson.

Yo me había quedado en el lavabo, tosiendo y escupiendo. Eché una buena cantidad de sangre. El susto se veía reflejado en la cara de mi secretario y de mi pianista. Por el rabillo del ojo vi a mi mujer que a todos los que pasaban por la puerta les daba rápidas órdenes. Yo que siempre tenía conmigo una maleta llena de medicamentos, para mí usuales, sin querer molestar a nadie, que eran el resultado de todas mis visitas a mis laringólogos. Agarré, perdone usted, una botella de adrenalina y me la tragué entera, no la botella sino su contenido. Después de pocos minutos se paró la hemorragia.  Eran las ocho de la noche y la función comenzó a las ocho y cuarto.

 

La noticia sanguinolenta se propagó volando a doscientas millas a la hora.  Enseguida aparecieron caras consternadas a la puerta de mi camerino. Yo permanecí tranquilo y después de asegurar que todo estaba en orden mandé a mi mujer a la sala para que se sentara en la primera fila como siempre. Quedaban solamente cinco minutos para que empezara la función y como sabía qué efecto tiene la adrenalina, quise lavar mi instrumento vocal y vocalizar. Hice pues un lavado con agua de mar y probé la voz con un par de ejercicios: ¡Hubiera sido mejor quedarme tranquilo!… Enseguida comencé a echar de nuevo sangre por la boca, a las ocho y diez comenzó la hemorragia que no ceso durante cuatro horas. Cuatro horas escupiendo sangre, y que roja era, parecía sangre de cerdo.

 

¿Que pasó durante todo este tiempo? Se lo cuento un poco más tarde ya que las puntas de mis dedos me duelen de tanto escribir. Así pues, un poco de pausa.

 

Ya estoy aquí de nuevo con usted. Eran cinco minutos antes de la función y vino el regidor de escena para preguntarme si podía comenzar puntual, pero me encontró delante del lavabo, que estaba completamente rojo. Todos a mí alrededor estaban trastornados. Se le pidió que aguardara un par de minutos más y después de una media hora, creí yo que se podía comenzar. Se empezó, y le digo a Vd. ¡Imagínese en qué estado de ánimo estaban mis compañeros, que en escena procuraron ayudarme!

 

La orquesta empezó a tocar, y cuando terminó el pequeño coro, salí delante del público que esperaba una bonita función. Aquí se llama el Elisir y siempre ha sido una de mis mejores interpretaciones.

 

Empecé mi  arietta –“Quanto e belle quanto e cara”y comprendí enseguida que era una temeridad continuar, ya que la sangre se acumulaba en mi garganta, sofocándome. A pesar de todo, llegué hasta el final sin que el público se diera cuenta, ya que yo tenía delante de mi boca un pañuelo rojo y escupía mi sangre en él. Pero cuando al pañuelo estuvo lleno, comenzó a mancharse mi camisa y mi bata.

 

Solamente ahora se dio cuenta el publico y el coro en qué estado yo me encontraba. Por un momento creí que no podría continuar, y pensaba en qué estado de ansiedad debía encontrarse mi esposa… Casi estuve a punto de perder el conocimiento. Los coristas aprovecharon la escena con Belcore, para llevarme detrás de la escena para poder aliviarme. Pude recuperarme justo a tiempo para volver a escena, gargarizando con agua de mar y terminar el acto. No le cuento lo que paso con el dueto con Adina, con ello sólo conseguiría entristecerla. Canté hasta el final, pero la orquesta tuvo que interrumpirse dos veces. El público estaba atónito de comprobar que este hombre que estaba en escena, a pesar de su estado cantaba y se esforzaba para no interrumpir la función, e intentaba cumplir con su público a pesar de todas las dificultades.

 

Por fin llegó el final del acto. Después de muchas apariciones para corresponder al público sus aplausos, me llevaron casi a rastras al camerino, donde encontré a mi doctor que me esperaba. Le dejo a usted imaginar las prisas, carreras, nerviosismo y comentarios de todos los presentes. Todos querían saber si la función continuaría, y sobre todo el público quería estar informado de lo que pasaba y pasaría. Después de una consulta con mi doctor, de los representantes del MET y de los directores del teatro de Brooklyn y por la insistencia de mi doctor se decidió interrumpir la función.  El encargado de la prensa del MET tuvo que dirigir unas palabras al público y dijo textualmente: En la base de la lengua del Sr. Caruso se ha roto una venita, pero que no le impide cantar. Él, de todas maneras, como han visto ustedes, desea continuar con la función, si no les asusta la visión de la sangre. ¿Quieren que continúe?

 

Todo el público unánimemente se levantó y dijo: “¡No, su salud es para nosotros lo más importante, si no está en condiciones que no cante!” Así es que todos se fueron. Apenas hube dejado el teatro, fui a casa,  profundamente entristecido. Era la primera vez después de 26 años de carrera que  sucedía que yo tuviera que interrumpir una función después del primer acto. Al llegar a casa empezó de nuevo la hemorragia que prosiguió hasta muy avanzadas horas de la madrugada.  Después pude dormir bastante bien. El día siguiente era domingo. Leí en el periódico: “Pobre Caruso, si no se murió, poco le faltó”. La noticia había volado a los cuatro vientos, más rápida que el habla. Cartas y telegramas llegaron de todas partes durante todo el día, con lo que pude quedarme en cama y con ellas pasar el rato. Leyendo con toda tranquilidad lo que en ellas se decía, y de mí se pensaba. Abrí un telegrama en el que se decía: “Mi más sincero pésame”.

 

¿Pésame? ¿Era esto el final? Cerré por un instante los ojos, llene de aire profundamente mis pulmones, puse mi mano sobre el corazón y percibí su generoso latido. Cuando volví a abrir los ojos, me dije: ¡No! ¡No ha llegado aún mi hora! Estaba seguro de que me superaría, vencería otra vez sobre todos aquellos que ya me habían dado por perdido. Lunes por la mañana, el 13 de diciembre. Hacía ya algunas horas que había cedido la hemorragia.  Pregunté al doctor si por la noche podía cantar La forza del destino en la que yo estaba anunciado. Después de realizarme un minucioso examen y exigirme la promesa de mi parte de que no fumaría durante todo el día, que tomaría nitroglicerina para rebajar la presión arterial, así como otras pastillas para aumentar la coagulación de la sangre y evitar con ellas nuevas hemorragias, lo autorizó.

                        

No quiero decirle, que día fue este lunes el 13… Canté y fue un éxito tan grande que el teléfono y el telégrafo no pararon de sonar y mandar mensajes, hasta el extremo que en Correos tuvieron que reforzar su personal. Aquí se escribió una nueva página en la historia de mi carrera, una resurrección de entre los muertos. Ahora estoy con mejor salud que antes; todos se alegran y yo evidentemente también. Le aseguro a Vd. que esta actuación fue una de las mejores de mi carrera. Si oyera lo que se comenta constataría que es verdad. Puede usted contarlo a todo el mundo.

 

Entre todas las muchas cartas que recibí, encontré la suya tan querida y me alegro mucho que le haya gustado la máquina.  Este verano vendré seguramente a Nápoles y me sentiré como si tuviera catorce años. Como entonces…  Deseo volver a ver a todos aquellos seres queridos… Mmò è tiemp’è stutà o lucigno, pecché me pare che cumincia a puzzà a luongo. (Es hora de apagar la luz, me parece que aquí está haciendo mal olor)

 

 Así es que le mando a usted y a toda la familia mis más cariñosos saludos a los que se une mi mujer; y ya me alegro con el pensamiento de que pronto estaré con Vd. Tengo miedo que si vengo no la dejaré ya jamás. Le besa la mano su cariñoso y afectuoso.

 

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Enrico Caruso

           

 

 

 

En estas últimas líneas Caruso deja entrever un presentimiento funesto.

 

Caruso murió el 2 de agosto del 1921 a las 9,07 horas de la mañana, en una habitación del segundo piso del Hotel Vesuvio, situado delante mismo de los baños Resurgimento, donde él, como cantante callejero y para ganar una sola lira al día, había empezado su extraordinaria vida de artista.

 

El último diagnóstico médico decía: Una peritonitis con septicemia, había atacado el pericardio, el miocardio y los riñones, y había llenado de pus el abdomen entre el diafragma y el hígado. Un latido cardiaco casi imperceptible debido a un corazón en extremo debilitado. Un profundo estado de desánimo. Se le administraron inyecciones de alcanfor y una máscara de oxígeno.

 

Sus últimas palabras al morir fueron: “No puedo respirar; calor… dolor… calor…” Mirando a su esposa como en busca de ayuda murmuró finalmente: “Doro, Doro, Doro…”[4]

[4] “Caruso” – Vita e arte di un grande cantante –  Pietro Gargano; Gianni Cesarini – Longanesi & Co. Milano (Italia) 1990.

                                      

 

 

 

 

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